Si no fuiste tú, si no eres consciente de que lo fuiste o incluso si no quieres admitirlo, dirás que fui yo. A mi me ocurrirá lo mismo.
Si los dos negamos nuestra culpa, ¿de quién será? Porque siempre hace falta un culpable para sentirse más tranquilo.
Podríamos hacer un trato, pero solo si quieres y aceptas cumplirlo. Podríamos coger los motivos, las consecuencias y repartirlas al azar pero en cantidades iguales.
Ninguno de los dos podrá reprochar lo que le ha tocado, porque al fin y al cabo no sabemos exactamente quien ha sido el que lo ha hecho, y todo porque ninguno admitirá jamás lo que hizo. Además, si admitimos nuestro error intentaremos justificarlo, y eso no sirve.
Podríamos, una vez repartidas las culpas, verlas, reírnos de ellas, tirarlas por el váter, respirar hondo y mirarnos de nuevo.
Pero claro está que si prefieres luchar o intentar huir podríamos, una vez repartidas las culpas, gritarnos, tirárnoslas a la cabeza, llorar y acabar agotados y sin ganas tirados en el suelo.
Las culpas pesan, y si sigues con ellas, te aplastan.