Sentada a las 9 de la noche en una terraza con un té negro, ya más que frío, la chaqueta vaquera (de las anchas, de las que se llevan) no abriga una mierda.
Pero aún así, qué bonito escribir sola a la luz de la farola que alumbra mi mesa.
Qué bonito ver cómo la pareja de al lado me mira raro mientras se beben su cerveza (menuda loca, ser bohemia ya no se lleva).
Qué bonito que a la camarera le de apuro decirme que cierran, que lo siente, que así está la cuenta (inocente... Pensará que escribo algo decente).
Qué bonito que se me quede el lápiz sin punta, vaya desastre el sacapuntas en casa (porque para mí el bolígrafo no tiene suficiente clase).
Qué bonito el parón de inspiración que me deja mirando al infinito media hora (pobre...sufre ataque de poeta fracasada).
Qué bonito que la mesa se tambalee, ya que he elegido la única que está coja y estoy en constante lucha para que la taza no se me derrame ensuciando las hojas.
Qué bonito acabar el poema y, en voz bajita para que nadie lo oiga, recitarlo a ver qué tal suena (bien, parece que ha merecido la pena).