Vuelve mayo de nuevo, sin previo aviso, y me encuentro por vigésima sexta vez en el mismo mes. Nunca antes había meditado tanto sobre este momento del año, pero probablemente ahora lo haga por el simple hecho de tener mi brazo cruzando tu pecho y la frente apoyada en tu cara. El mayo pasado también se dio esta imagen, puede que con algo menos de soltura, pero ocurrió de una manera muy parecida. De pronto el paso del tiempo me resulta un evento digno de alabanza, como si fuese yo quien lo ha descubierto en un momento de lucidez. La suma de los segundos, la sucesión de los días, la continuidad de ciertos elementos y un sinfín de ideas se me agolpan sin orden mientras lo único que escucho en el cuarto es la cadencia de tu respiración. Estas ideas me hacen percibirme como extraña, a mí, porque vivo constantemente en la ansiedad del mañana y sin embargo me he frenado en seco por unos instantes. A mí, que en toda una vida de preocupación por la cercanía del futuro no se me había presentado una pausa en la que constrastar que el tiempo avanza...
Ha vuelto mayo de nuevo, y volverá cada año. Ahora que soy consciente, lo único que quiero es que cuando me vuelva a dar cuenta, estés a mi lado.