martes, 23 de febrero de 2016

Adiós burbuja.

Los pajaritos de mi cabeza, antes tan coloridos y cantores, se convierten en una nube negra de cuervos. Sobrevuelan mis entrañas abiertas, esperando un despiste para alimentar su oscuridad. Aprieto los dientes y me escondo, no me puedo dejar comer.
Las mariposas de mi estómago, antes tan suaves y bonitas, se convierten en un enjambre enfadado de abejas. Se agitan al mínimo movimiento y pican furiosas. Me mantengo inmóvil para que no despierten, pero noto sus pasos en el estómago, como una amenaza.
La inspiración de mi mente, que comenzaba a ser blanca y dulce, se ha hecho dolor de cabeza, ganas de llorar que asaltan y presión en el pecho. No puedo pensar, hay algo siempre gritando detrás.

Quiero estallar, en mil pedacitos, perderme en el tiempo, empezar a centrarme solo en el momento y poder ser feliz. Borrar de mis rincones las huellas que me dañan, todos los recuerdos que aparecen sin permiso y me espantan... Ahogarme en lágrimas de una vez, para que nunca más vuelvan, ni por mi ni por nadie. Solo quiero bailar, perderme en algún momento de felicidad y no volver. Encontrar tal vez un refugio cálido en mi misma, una escondida guarida en el fondo de la apatía.

¿Por qué siento? ¿Por qué tan fuerte? ¿Por que tiene que volver a doler? A mí, que me creía que nada me importaba realmente, que solo sabía correr de sentimiento en sentimiento sin querer detenerme por si acaso quema... Ahora solo soy una persona más, un monigote gris esperando al paso de los días. Esperando un mensaje que no llega, una contestación, una esperanza nula que viene de alguien que no conozco, a lo mejor intentando desviar mi atención hacia otro punto.


Solo quiero paz, una tregua para mi cuerpo dolorido, que camina a ciegas en un campo de espinos.