viernes, 4 de marzo de 2016

Muerte

Ha venido un señor de negro, entre en bullicio de los cuerpos bailando se ha abierto paso. No lo veía, pero realmente la luz de un foco cómplice lo enfocaba.
Me ha tendido la mano, como el que pretende salvar a alguien en un acantilado, he extendido la mía y nuestros fríos se han tocado. Se ha hecho el silencio, los demás han dejado de ser escuchados, se me ha parado la película en el instante romántico.
Lo he mirado, con la pintura corrida, la frente sudada, el pelo despeinado y el vestido algo descolocado. He abierto mucho los ojos, cayendo en ese instante en la cuenta de que allí sucedía algo. He dejado que los labios se me entreabran y el cuerpo se aflojara.
Creo que nadie lo ha visto, solo la porción de mi alma que notaba el secuestro.
Su brazo ha tirado de mí, un poco con dulzura, un poco con rabia. Mi cuerpo se ha escurrido entre los demás, sin un roce indeseado, como si fuese una gelatina en pleno verano. La escena ha seguido congelada, con la gente moviéndose en la música, pero sin una mota de ruido. Todo en color, menos él, que me lleva en blanco y negro.
Cuando el túnel de personas termina, me doy cuenta de que estoy en la calle, helada, acompañada, sin abrigo y sin nada. Mi cuerpo, con el fino vestido que solo abriga si no hay frío. Las medias algo rotas, las botas manchadas, el tirante del sujetador caído... ¿Por qué tan indefensa?
Ha sido entonces cuando el señor de negro ha vuelto a tirar de mí, y ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que nos habíamos parado.
Su marcha, entre risas que me brotan de la garganta, acaba en el callejón oscuro más cercano. ¿Qué hago?
Me empuja hacia la pared y me mira. No tiene cara. Todo lo que deban ser sus facciones están tapadas por una mata de pelo negro aplastada por una capucha. Lleva una chaqueta de cuero ajustada, marcando un extraño cuerpo.
Noto que se le entrecorta la respiración. Instintivamente me he cruzado de brazos, para intentar retener el poco calor que me queda, y porque no tengo ni idea de si me van a matar. Oh, que bonito el peligro cuando está tan cerca que de nada sirve escapar. Además, mi instinto se ha apagado, creo que no queda supervivencia.
Se acerca, levantando la cabeza lo justo para que le vea la boca. Que bonita. Una barba perfecta, unos labios finos, y se entreven unos dientes afilados. Sonríe de medio lado, provocando que me ría yo también. Qué tonta Raquel, qué tonta.
Se sigue acercando, ha abierto sus brazos, dirigiéndolos a los míos. Me coge de las muñecas, otra vez ese frío horrible. Me los abre y me dice que esté tranquila, que si me protejo no disfruto del momento, que he de arriesgar. Me lo dice sin voz, creo que solo lo oigo en mi cabeza.
Ha vuelto a levantar más la cabeza e intuyo su nariz. Suerte que el señor de negro tenga algo de belleza. La que puede tener una persona que te saca de un lugar a las 5 de la mañana y te acorrala contra una pared.
Al terminar de abrirme los brazos se quita la capucha y me mira a los ojos. Como duele ese brillo verde que desprenden. Noto una punzada en el pecho. Ansiedad y ganas de morderlo.
Tranquila pequeña, que de la noche se disfruta...
Se ha acercado más mientras yo pensaba tan fuerte que quizás lo haya escuchado. Noto su pulso, que bombea como el tambor de guerra. La aproximación sigue. Mi nariz roza la suya, muy fría,
Empiezo a querer morirme, pero me agarro fuerte de su chaqueta y lo termino de acercar a mí. Lo beso. Lo beso con mucha furia y él me besa con más aun. Le muerdo los labios, nos partimos los dientes, las lenguas se nos anudan. Noto como la sangre fluye por mi barbilla, noto como me la trago y paladeo el sabor a hierro.
Nunca antes había notado mi corazón tan desbocado. Me aprieta contra el muro húmedo de aquella casa en la que estoy echada. Me coge de los muslos y me levanta. Lo tengo tan cerca de mí que a veces nos confundimos.
Mi cuello ha empezado a desgarrarse por sus caricias, sus uñas se hincan en mis piernas para mantenerme arriba. A la vez que sus músculos se engarrotan sus dedos se introducen en mi piel, más sangre. Ya me roza los huesos.
Me duele tanto el cuerpo en esta muerte tan lenta y obscena que me gusta. Un fuerte mareo me inunda, creo que han sido las drogas.
Ahora estoy tirada en el suelo. Solo quedo en un charco rojo y sucio, y en un montón de desperdicios. He muerto sin saberlo, he muerto queriendo.