sábado, 19 de marzo de 2016

Qué alegría más tonta.

Algo raro ha ocurrido en un momento aleatorio de mi existencia. Ha sonado la música y de pronto, ha calado. Noto como fluye por mi cuerpo y salto con ganas. Bailo, grito, al día siguiente me levantaré con la voz ronca. La oscuridad de la sala me enturbia, y las luces me confunden... Allá donde miré lo veo a él, y me veo obligada a fijar la vista para comprobar (lógicamente) que no es. ¿Cómo va a estar su piel blanca en un sitio tan lúgubre? ¿Cómo sus ojos azules se iban a encontrar con los míos por casualidad? ¿Cómo esa sonrisa tan calculada y dulce iba a aparecer allí? ¿Cómo iba a tener esa oportunidad?

Pero me da igual. A Raquel hoy le da igual todo, menos ella: La miro. La música la acompaña perfectamente, pareciendo elegida a caso hecho... Ella baila triste, mirando al suelo y de vez en cuando a un infinito que creo conocer. Entiendo todas sus letras tristes y sus suspiros. Comprendo a la perfección por qué canta a voz en grito "emborracharme" e identifico cada una de las frases en las que ambas pensamos en el mismo capullo, pero siempre desde dos mundos diferentes. Desde esos dos "yo no quiero ser tu" que se continúan de palabras diferentes, una para ella, otra para mi. Comprendo como mira a las parejas que se besan, como piensa en el amor y el motivo por el que le gustan las cosas que te escribo. Porque ella no sabe que somos dos afluentes de un mismo río de lágrimas y mierda.

Bailo, y todo se olvida. A la mierda la tristeza, me toca continuar con mi vida.