¿A quién le lloro yo si te quiero desde que te conozco?
No hablo de un breve periodo de tiempo,
se trata de un cúmulo de años, de besos y sufrimiento.
¿A quién le enseño nuestras fotos?
Tengo mil y una empaquetadas,
todas clavadas en el alma,
recordando un momento feliz,
unos segundos de ilusiones que no acabaron comiendo perdiz.
¿A quién le hablo de ti?
Se me llena la boca con tu nombre,
los ojos de lágrimas,
queriéndote hacer el caballero andante de mi cuento,
terminando en que eras tan solo un dragón con hambre.
¿A quién le regalo mis fantasías?
Habiendo sido fruto de mi inspiración,
tu gemido es el que se me escapa en el último suspiro,
rememorando milímetro a milímetro el desastre,
la locura de unir un cuerpo frío con uno candente.
¿A quién le doy pena?
Tratándose de un secreto, un poquito a voces,
sigo esperando una palmadita en la espalda,
la palabra de aliento que toque el interruptor
y accione de nuevo de mi racionalidad el mecanismo.
¿Cuántos besos nos dimos?
No quise llevar la cuenta,
creyendo que serían infinitos,
ahora ya ni tan siquiera puedo saber
si fueron menos de 10 o cientos.
¿A quién le escribo?
Si te dedicase directamente sería la última perdida de orgullo,
pero una vez perdido todo,
tan solo puedo mentirte, decir que te odio
y que jamás querré creer que fuiste tan capullo.
¿Qué es lo siguiente?
Poquito a poco se van creando pasos,
nuevos besos, sin ningún sentimiento,
tan solo un hombre malvado y lejano,
que me devolvió algo de aliento.
¿Por qué me está quedando tan feo este poema?
Porque no se trata de poesía,
tampoco podría ser puesta como prosa,
es una simple mierda,
que el pecho me desahoga.