"Un cuarto victoriano, de gran cama con dosel y luz mortecina. Llevas camisón blanco; estás dormida. Con sigilo, la puerta empieza a abrirse. Relumbra una sonrisa afilada a la luz de la vela. Silencio."
Veo la luz de las velas tras mis párpados cerrados, muy tenue, parpadeante. Me giro levemente, enterrando un poco la cara en la almohada y siento las sábanas de algodón, frescas y suaves bajo mis piernas. El camisón se me ha subido un poco, a la altura de los muslos me permite apreciar la textura de la cama. Vuelvo a dormir.
La puerta de la habitación se abre, no del todo, pero lo justo para dejar entrever una sonrisa. La oscuridad encubre el resto de su rostro, sin llegar a ocultar los colmillos brillantes que asoman entre las fauces del visitante. Sin causar ruido alguno entra del todo en la habitación, sabiendo que la chica está dormida y no lo verá. Se queda parado, muy recto y con rostro siniestro, divertido, hambriento... Porta un traje antiguo: pantalones y chaqueta oscuros, una camisa blanca, un chaleco rojo sangre bordado, la cadena dorada del reloj de bolsillo asomando con arrogancia y un pañuelo de seda finamente ajustado al cuello. El sombrero, negro con una banda a juego con el chaleco, descansa sujetando los mechones de pelo hacia atrás. Da un paso al frente. Observa la escena.
En el centro del dormitorio, de estilo victoriano, hay una gran cama con dosel. En una esquina una mesita de madera vieja aguanta un candelabro; las velas luchan por no consumirse en los últimos centímetros de cera. Las telas de la cama están recogidas y dejan ver todo su interior. Entre unas sábanas de color vino tinto destaca una muchacha. Su piel clara junto a la blancura del camisón contrastan y parecen hacerla brillar. Respira muy lentamente, dormida.
Parece que comienza a agitarse.
No recuerdo qué estaba soñando, tan solo sé que lo hacía y que algo me ha despertado. Entorno los ojos y entonces me parece ver una sombra proyectada en la pared. Medio dormida aún, giro y me incorporo un poco, apoyándome en los codos. Lo veo a él. Instantáneamente se desvanece el sueño y la visión se me aclara. Está sentado en los pies de la cama, con una rodilla apoyada en el colchón cruzando la pierna sobre la otra. El sombrero descansa a su lado y tiene un par de mechones cruzados en la cara. Me mira fijamente, sin articular palabra, y me mira tan fuerte que inconscientemente comienzo a temblar sin frío.
- Tranquila, no has de tener miedo - llega su voz como una caricia por la espalda.
- No te tengo miedo.
El sonríe, en el justo momento en el que el tintineo de la vela arroja a su cara el ángulo perfecto de luz: dos dientes afilados casi tocan el labio inferior. Se levanta, rodea la cama por el lado más cercano a mi, y se sienta en el borde, lo suficientemente cerca como para notar su calor. El hundimiento del tierno colchón (o quizás no sea ese el motivo) me vuelve un poco más hacía él. Me incorporo más, quedando así cruzados, mirándonos cara a cara.
- ¿Por qué no has seguido dormida?
- Un sueño extraño me ha desvelado, pero ahora veo que eras tú.
- Qué tan fuerte existo que me cuelo en tu mundo onírico tan solo acercándome...
Se retira el pelo de la cara y acto seguido aproxima la mano hacia mí. El corazón a mil. Lo posa en mi barbilla y baja hacia el cuello. Se queda parado en el punto de unión de ambas clavículas, presiona, noto el pulso transmitiéndose por su dedo. La caricia continua hasta el hombro, donde se topa con el tirante de mi prenda, la única que me cubre. Insolente, lo empuja con suavidad y este se desliza. Me sigue mirando a los ojos, sin dejarme apartar la vista con ese imán tan peligroso. Comienza a aproximarse, puedo notar su aliento, se queda a milímetros de mi boca e instintivamente cierro los ojos esperando recibir el impacto.
- Ñam.
Se desvía y dispara debajo de la oreja. Noto como el pelo de su barba roza por el camino mi mejilla y me eriza el alma. Con la mano libre de haber bajado un poco mi camisón, me sujeta de pronto firme por detrás de la cabeza, entrelazando con fuerza los dedos en mi pelo a la vez que deja caer una caricia mucho más intensa de su boca en mi cuello. Creo que empiezo a morir un poco.
Tan deprisa como se ha acercado se aleja, haciendo que mi boca instintivamente siga a la suya, pero me balanceo en el vacío que ha dejado al levantarse. Me tiende la mano.
- Ven, pequeña.
- Me tiemblan las piernas.
- Tranquila, te voy a dar fuerzas.
Con su ayuda me levanto y gira el brazo como en un paso de baile: su pecho queda en paralelo con mi espalda. Desliza las manos hacia la cintura, con la perfecta unión de bestia y caballero. Las sube poco a poco, se pasan a la espalda, me apartan el pelo y sus dedos topan con los pequeños botones del atuendo. Uno a uno los deshace así como quien disipa el humo con un soplido. Con ambas manos mueve los tirantes y con un sonido, que solo se puede definir como suave, cae al suelo la ropa y quedo a su merced.
- No estamos en igualdad de condiciones - protesto en lo que suena como un torpe gemido.
- El cazador nunca intenta ayudar a su presa, ¿no crees?
Me vuelve a girar. Comienza a quitarse el pañuelo, lo extiende con un gesto de muñeca y lo pasa por encima de mi cabeza. Lo anuda con cuidado, como quien hace papiroflexia, dejándome tan solo desnuda con collar. Una vez terminado el proceso engancha su dedo índice en él: tira de mi cabeza hacia la suya, fundiendo ahora sí un beso en el que estoy voluntariamente atada.
Al casi no concluido minuto, en un instante en el que nos separamos, no puedo contener un jadeo.
- Vaya, si estás cansada habrá que tumbarte.
Otro giro y me tira con cariño a la cama. Viene tras de mí, enseñando las armas de sus dientes, acercándolos a mi estómago.
Las velas, finalmente consumidas, apagan la escena.