Digamos que hoy me quema el cuerpo, literalmente. Mi ciclo hormonal estaba en el punto justo en el que me siento incendio a punto de descontrolarse. Digamos también que hoy te he visto (no tienes ni nombre) y se me ha deshecho el cuerpo con tan solo pensarte. Te has tocado el pecho, te has rascado la barba, te has quedado en manga corta, te has levantado con tus pantalones de chándal pegados... ¿No es suficiente incentivo para que broten las llamaradas?
Empezaría alejándome, para obligarte a acercarte, a que me busques. Seguiría juguetona, acercándome al borde de tu sonrisa. Ay, el roce de tu aliento me mata... Lo suficiente como para atacar tu cuello y provocar que me abraces fuerte. Quiero que me partas la cintura con los brazos, que me hagas sentirme casi tuya, y que sigas explorando hacia abajo.
Se me nubla el entendimiento, se me cruzan las palabras, aprieto la cara contra mis palmas, y sigo estudiando en silencio. Te miro de reojo, imaginando la gran batalla a la que te retaría. Bajo la mirada, y sigo pensando mientras hago como que atiendo a la pantalla. Te vuelves a tocar el pecho y mis dientes muerden solos el labio. ¿Y si por tu mente pasa la misma idea? ¿Y si estamos desaprovechando los baños?