viernes, 20 de octubre de 2017

De lluvia a recital

En cuanto la tristeza me inunda, con bastante frecuencia para mi desgracia, pienso en tu cuerpo como un bunker, un precioso y maldito refugio hecho de músculo, hueso y grasa.
Se me deslizan las lágrimas y creo verlas caer en tu hombro desnudo; ellas ruedan y traviesas se prolongan todo lo que pueden hasta tu polo sur.
Me abrazas fuerte, el calor que desprende tu piel me hace arder y evapora el llanto... Un momento, creo recordar que estaba triste...
Un beso todo lo cura, y dos, y tres, y el cuarto bajando por la barbilla. Me consuela saber que el problema está en la mente, pues mi parte física se está olvidando del drama y empieza a imaginar la guerra que podriamos comenzar entre tus sábanas.
La angustia que antes anudaba mi garganta se desvanece al primer mordisco, al siguiente me encuentro en calma, al siguiente renuncio a la paz y pido batalla 
Te ries entre dientes y preguntas que si antes lloraba, cómo ahora te miro con ojos de lujuria. ¿Acaso me sería posible elegir cualquier sentimiento antes que el de la tentación? No, caballero, esta noche le elijo a vos.
Elijo revolcarme entre la euforia y la codicia que me inspiran tus caricias, lejos de toda pena. Elijo dejar la tristeza para que me acompañes tú, dispuesto a resbalar entre mis piernas.
La respiración se acelera, noto tu pulso en las caderas... Un momento, creo recordar que estaba triste... Ya no importa, ahora lo que corre por tus hombros es sudor y a mi se me salen los gemidos de la boca.
He perdido la noción del tiempo, del espacio, de lo que me nublaba. He olvidado pensar por un momento y ahora me siento bien, ahora siento y decido que mi eterno refugio se hallara bajo tu ombligo.