(Sin sentido)
Vacía o vaciada, no sé en qué punto me encuentro del estado mental preferido de los poetas.
Triste o entristecida, ¿qué más dará el inicial si vamos hacia el final? Sin remedio y sin frenos el abismo ya no se presenta lejos.
Dejadme gritar una vez más, puesto que ninguna vez no es suficiente.
Todos deberíamos gritar alguna vez, por nosotros, por alguien, por el mero hecho de aprovechar la libertad de poder gritar.
Sacar del pecho la mierda. Pura mierda. Cuánta mierda hay y sin saber quién la ha puesto.
Es horrible un domingo por la tarde para hablar de libertad, con el encierro de cuatro paredes y una mano en la garganta.Os quiero narrar la historia sin dedicarme a buscar la estética, pues me está matando.
Socorro.
Ha entrado un hombre en mi cuarto. Va vestido de gris, no tiene cara, pero no lleva el rostro tapado tampoco.
Lo miro confundida desde mi cama, donde vete tú a saber qué hacía. Quizá solo pensar. Un pensar que me ha interrumpido ese estúpido intruso.
- Márchate, es mi cuarto - le digo con pereza.
Acto seguido el hombre se abalanza sobre mí y me coge del cuello:
- De ahora en adelante seré tu pensamiento, olvídate de tu voz.
- De acuerdo, pero déjame al menos libertad de escritura.
- Solo a veces, pequeña miseria.
A partir de ese día, del horrible suceso, vivo acompañada por mi captor. Es invisible para el resto, pero a mi me lleva siempre cogida con sus manos del cuello. A veces, cuando quiero ignorarlo, aprieta más fuerte y no me llega la sangre al cerebro. Las palabras en esos casos no salen, pero las manos van aparte. Este señor de gris me susurra durante todo el día: mediocre, estúpida, olvidada, sola... Estás sola...
- Perdona, tú, no estoy sola si siempre me acompañas.
- Triste es que sea tu única compañía.
- Tras años me estoy enamorando de ti, te hago caso, te llevo a donde quieres, hago lo que quieres...
Y así, señores, es como llegó a mi vida, de manera muy tonta y resumida, la ansiedad. Me gustaría ponerle nombre para hablarle, pero demasiado loca estaría como para no utilizar su nombre real. Además, si lo nombro me apodero de él, y ojalá que se vaya. Lo quiero mucho, pero es como quien de su secuestrador se enamora.
Socorro. Ha entrado un hombre en mi habitación.