Imaginad una sala muy grande, muy muy grande. La gente está distribuida al azar, en grupos más o menos pequeños entre los que van cambiando. Llevan copas en una mano, algo de comer en la otra... En alguna esquina algunas personas bailan al intento de ritmo de la música mientras que en los sofás otras personas charlan más calmadamente. Todo es normal, no sé, es una fiesta. Yo entro y los miro a todos; sonrío. Me encanta todo el mundo, me encantan de verdad. Disfruto viendo sus risas, sus miradas de reojo, cómo no saben qué hacer con las manos cuando bailan o mientras hablan. Es divertido imaginar con quién puedo congeniar y con quien podría odiarme. Entretiene mucho mirar la ropa de cada uno dejándose llevar por los prejuicios: esa chica de vestido pijo seguro que es una estúpida y ese chico en vaqueros anchos un tío guay.
Cojo una copa de algún lado (imaginad el que queráis) y me desplazo por la sala mirando con descaro. De pronto veo una esquina algo más iluminada, ¿por qué el que se encarga de las luces ha enfocado allí una? Vaya sorpresa, hay una persona en ella. Me acerco bordeando el círculo de luz, mirando con disimulo. Es alguien sin compañía, que mira al infinito como si no estuviese en el mismo sitio que los demás. Es curioso, quiero saber qué le pasa por la cabeza. Es curioso, ahora necesito saber qué le pasa por la cabeza. Es curioso, voy a saber qué le pasa por la cabeza. Seguro que es especial, que es diferente y por eso está a parte del resto. No porque no quiera estarlo, sino porque yo veo a esa persona de otro modo, en otra... ¿onda?
Es inevitable el hecho de acercarme, pero en el intento tropiezo y le tiro mi bebida encima. ¿Os dais cuenta cómo en un momento de curiosidad le he estropeado a alguien la tranquilidad? No tengo ni idea de qué decirle, pero... Hola, ¿quieres bailar?