sábado, 9 de junio de 2018

Creo que me he vuelto una loca.

Sales de nuevo por la puerta, esta vez con la mochila a cuestas y se para el instante. Ahí estás, cogiendo el pomo con desgana y mirando al suelo mientras que no puedo evitar pensar que puede ser la última vez que vea esa imagen. Sin previo aviso un escalofrío me recorre el cuello.  Me da miedo pensarlo, pero me callo y me guardo la queja para mí apretando los dientes, y el puño, y el bolígrafo, y el cuerpo... No me aguanto y te miro con descaro, lo siento, pero no puedo y desde ya te lo digo. No sé cuántos segundos quedan y tengo que aprovecharlos. Así que también te pido perdón, por egoísta y por pagar contigo el castigo que llevo inserto en mi forma de amar (o de ser, porque cada vez dudo más sobre qué es "querer"). Lo siento, cariño, siento dedicarte palabras aun cuando se supone que está todo dicho. Siento seguir escribiendo. Pero ojalá que no cruces aun esa puerta, te gires y te despidas. Porque aunque sea un simple "adiós", es algo, mejor que nada y que la incertidumbre de quedarme con las ganas y sin el valor de decirlo yo. Porque soy una cobarde: temo la respuesta, temo que duela. Pero todo y siempre duele, de eso no me sorprendo. Me permito entonces, porque puedo, darle forma aquí al momento, un poco a escondidas y un poco gritándolo al viento. Lejos de todo ese orgullo que nunca he tenido (mejor en casa, que pesa). Lejos de los que me puedan decir que estoy loca y que solo soy yo la que se empeña en que me duela. Lejos... Lejos de mí misma pues siempre me hubiese gustado ser otra.