Nosotras somos las reinas de las causas perdidas, las que aman lo prohibido y le escriben al suicidio con metáfora. Somos, porque nos da la gana de serlo, las que se dejan la dignidad en casa porque llevarla encima pesa. Formamos un altar al que le rezan los perdidos y masoquistas de libro. Levantamos el puño alto para celebrar la derrota, eso sí, siempre con la copa llena y el alma bien rota. Somos esas, seguramente por voluntad y en el fondo por gusto. Abrirlas y luego lamerse las heridas a veces reconforta... Y por eso estamos aquí, a ver quien es la que más llora.
Y por eso estoy aquí, con la ansiedad atada al pecho por si se me cruza el vaivén de tu pañuelo. Intentando en un (vamos a decirlo claro y redundando) estúpido intento, poder verte sin que me veas y así disfrutar de tu presencia a salvo de tu mirada. ¿Sabías acaso que los ojos matan? Físicamente estoy sana, pero en el sentimiento tengo tus pupilas bien clavadas. Y duele, créeme que duele... No sé si más o menos que tu dolor, pero duele sin duda y me quema. Solo quiero decirte, y no morir en el intento, que mi cariño aún te vela y me desvela el no poderte hablar. No fuiste ningún peso, cariño, solo son nuestras maneras de amar las que no encajan... Pero eso no significa que no podamos caminar.