Soy la chica que hay sentada en la barra del bar, en un taburete mal subida y con las piernas cruzadas de manera forzada. La raja de la falda deja ver una pierna negra por las finas medias, seguidas de unas zapatillas más que usadas. Al cuello varios collares, cada cual más o menos pegado pero todos colocados de manera estratégica. Los pendientes oscilantes al vaivén de mi cabeza, que se agita con la conversación allá donde me lleva. Los labios rojos, muy rojos, pintados más grandes que los míos propios. Los labios rojos, muy rojos, para besar y que no me besen. Que me dejen.
En la mano un vaso de color tinto, con hielo ya derretido por la bebida caliente. Vaya antro de mala muerte, con el suelo pegajoso y sin verse por las cáscaras de pipa. ¿Qué hago aquí? Ser feliz entre bebidas, gente desconocida y risas. ¿Qué hago aquí? Deleitarme desde lejos con los tatuajes del camarero, que en su momento pude besar aunque ahora queden en secreto. ¿Qué hago aquí? Echar la poca dignidad que me queda a perder, porque no la quiero, porque me encanta vivir en oscuro y dejar de ser cuando cruzo la puerta. Ya me recuperaré mañana entre resacas.
El último rincón de Pedro Antonio y yo quiero ser la chica de la barra, ajena al ruido mientras siento el torbellino de gente. Jóvenes, viejos, perdidos, encontrados, drogados o abstemios... Todos se encuentran aquí.
Adelante, te invito a pedir.