Respiro, hincho el pecho y se me sube un poco el cuerpo. Levanto la barbilla echando para atrás el pelo y abro un poco las piernas disimuladamente, para que nadie se de cuenta, salvo él. ¿Que dónde ocurre la escena? Qué más dará si soy yo la que está en ella y no tengo ni puta idea porque lo único que percibo es su olor, su posición en el asiento que hay a mi lado, el calor que desprende, su pulso, la cara con la que me mira y las ganas que tengo de (punto).
Suelto el aire lento mientras mantengo la posición. No quiero perder ni un milímetro de superficie ahora que juego a ser diana para su flecha y... A la mierda, me toca la rodilla y centímetro a centímetro, avanzando dedo a dedo, se le cuela la mano entre mis piernas con cara de todo menos seria. La expedición bajo el vestido derrite mis polos, por no deciros algo más vulgar, que me moja tol ****. Pero es que ahora mismo su gesto de morderse el labio puede inundar la sala y queridos espectadores creo que no contamos con protocolo de evacuación así que mi cabeza pide ayuda y la única respuesta que soy capaz de articular es un "uf" con voz muy flojita y mirada de cachorrita abandonada en vez de la zorra que convendría ser ahora. El cuerpo, que ya lo tenía tan posicionado se me afloja de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba, yo qué sé si solo siento su mano. Su mano, que sube, que él me mira, que sube más, que se acerca, que llegamos, que (punto).
Retrocede, se va por donde ha venido sin llegar al final del recorrido, se ríe de manera encantadora y pegando la boca a mi oreja demasiado como para considerarse socialmente aceptado, generando que hasta el último vello de mi cuerpo se levante pronuncia el querido "oye, eres masoca" y yo como siempre quiero más... ahí sigo.