lunes, 16 de septiembre de 2019

Soledad literaria.

Desde que ya no estás, ni están, ni estáis.
Desde que no hay inspiración en el hueco de amor reservado para los amantes. Desde entonces, ya no escribo. Y no porque no quiera, sino porque el deslizar de mis palabras antes seguía el recorrido de una espalda, el susurro de un nombre o el caminar de una mano sonriente.
Ahora, ahora que ya no estás, ni están, ni estáis, al escribir parece no haber objetivo suficiente al que dispararle y todo se estampa en un folio en blanco vacío de inspiración. Será que lo que me inspira es el amor, pero no todo amor. Será que lo que me saca de mis casillas poéticas son los besos apasionados, el desear a alguien que aún ni se ha fijado en mi existencia, las charlas de madrugada faltas de decencia y las lágrimas de pérdida cuando cruje alguno de los pechos de la historia. Bendito sentimiento, capaz de formar olas imposibles de nadar en mitad de un verano seco y desierto. Bendito sentimiento, capaz de arrasar cualquier existencia previa a él. Y sobre todo, bendito sentimiento que me ha dado mis mejores momentos ante un cuaderno.
Ahora, ahora que ya no estás, ni están, ni estáis, me dedico a mirar a otros lados en busca de versos que al final quedan encajados sin sentido en un texto que no siento como mío. Que se vaya lejos cualquiera de los poemas que pueda imaginar si lo comparo con "De lluvia a recital", con el momento en el que lees ante los ojos del causante y sientes en un instante cómo te puedes desnudar aun conservando la ropa.
Y ahora, ahora que no hay nadie, simplemente permanezco vestida a la espera de que me inspire cualquier margarita sin necesidad de deshojarla, pues ahora no hay nadie a quien mi poesía quiera escribirle.