Cuando un miércoles empieza mal, acaba mal. No lo haré regla general, pero cuando el miércoles ha empezado con un intento fallido de alarma por despertar a quien la ha programado, ya todo lo demás va en picado. Porque le siguió un segundo intento fallido, un desayuno sin ganas, unas tareas que al final no se hacen y con un café aguado antes de comer para revivir a un zombie que lo que necesitaba era una ducha bien fría. Un zombie que aún bien despierto tenía las manos temblorosas, quien sabe por qué, aunque yo lo sé: lleva más antibióticos y antiinflamatorios encima de los que un cuerpo tiene a gusto soportar. Y mientras se ve las manos temblar y lo comenta riéndo con su madre, se plantea seriamente que morir de sobredosis no sería un final indigno. Una muerte por mezcla de todo tipo de pastillas, creando amalgama espesa en el estómago... Pero espera, no íbamos a esto.
Cuando un miércoles empieza mal, seguramente acabe mal. Al menos, este miércoles, empezó y acabó igual. Porque toda esa mañana ya descrita ha dado lugar a decidir que las 6 de la tarde son buena hora para tomar café sin descafeinar. ¿Soluciones? Claro, solución para que sean las 23:57 y esté enfadada tecleando en el ordenador. Porque toda esa mañana de miércoles ha llevado a tener sabor amargo en la boca por la medicación, a que por culpa de las uñas largas no pueda escribir bien en el ordenador y a prepararme medio litro de tila con leche a ver si así rebajo el mal humor. O si encuentro el sueño. O si el sueño me encuentra a mí. O si me voy a dormir sin sueño. O si el sueño se duerme y no se acuerda de recogerme...
Seré sincera, no le echaré la culpa al miércoles. Le echaré la culpa seguramente a un viernes que me invitó a un sábado y a un sábado que ha tenido como consecuencia un miércoles. Un miércoles que ha dado para poco pero que me ha jodido mucho.