martes, 25 de febrero de 2020

Camisa en trámites

La prueba del delito descansa sobre el respaldo de la silla y desde la cama la veo tan cercana como lejana entre los nublos de la resaca. Intento esconderme con las sábanas como si estuviesen hechas de acero, pero el olor a alcohol barato que destila mi aliento me asfixia, y mezclando risa y angustia me destapo. La prueba del delito descansa sobre el respaldo de la silla y la veo muy cerca, ahí tirada, sin ganas, pero insinuándome con la manga.
Qué de sí puede dar una camisa, qué de sí pueden dar 24 horas con la misma prenda. Me hundo de nuevo en la cama y me viene una sucesión de imágenes ordenadas...

8 a.m
Raquel se levanta con unas ojeras pronunciadas en la cara. Legaña en el ojo derecho, babas en el labio izquierdo, despeinada, malhumorada. Dejémoslo en que Raquel se levanta. Dejémoslo en que Raquel va al baño y se adecenta, pasando directamente a que vuelve a parecer una persona. 
Hoy decide que, pese al ridículo despertar del viernes, tiene ganas de comerse el mundo de una manera muy elegante, así que cuando tira lejos el pijama de vaca y abre el armario, toma una decisión muy rara: llevar camisa, por desgracia. Y en la penumbra de la habitación, con la persiana a medio levantar, va abrochando botón a botón. Por la pérdida de costumbre el tercero se atasca, dejando el momento triunfal en un "joder, qué torpe". Pero una vez termina y se mira al espejo, ya es capaz de ver los efectos que tiene un trozo de tela por la simple idea de que una camisa da fuerza. Raquel ha cambiado del típico jersey ancho y los adornos de color a un vaquero oscuro y una prueba del delito de color blanco. Raquel ha cambiado de joven alternativa y despreocupada a joven formal y preparada. Sorprendente, ¿verdad? Lo que hace un constructo social. Hoy esta chica andará por la calle más erguida, más seria, con más seguridad y seguramente su madre le dirá algo como "podrías vestirte así más". Las señoras en el metro la respetarán, a la hora de entrar en la universidad ya no parecerá alumna y la gente pensará "ahí va, a trabajar". La jornada será maravillosa, triunfal, y a pesar de que realmente no va cómoda y añora su otra ropa, se creerá todas estas tonterías y hará del día algo para no olvidar. Lo que hace una camisa.

2 a.m
Raquel ha decidido que interactuar con otra persona es mucho mejor llevando esta ropa. Se puede jugar con el número de botones abiertos, se puede insinuar la ropa interior aun dentro de una cifra decorosa, te puedes desnudar sin mandar a la mierda el peinado y las gafas, puedes dejarle al otro la responsabilidad de dar un pequeño paso, puedes mantenerle quieto mientras llevas el descubierto desde el cuello hacia el ombligo, puedes bailar acompañando el avance de la borrachera con el abrir de tu prenda. En resumen, puedes convertir toda esa elegancia inicial en intenciones nada buenas. Dejar de ser persona respetable porque lo que menos quieres ahora es que te respeten. Quieres que la torpeza de vestirte por la mañana se convierta en alguien arrancándotela sin piedad. Mandar a la mierda los botones porque ya da todo igual. Ya no quieres sentirte formal, ya no quieres aparentar y lo que aparentes no importa. Ya solo quieres quitarte de encima todo lo que llevas y que te vistan de saliva. Ya solo quieres que tu camisa bien planchada acabe tirada en una esquina, mientras a ti te tiran a la cama.

La prueba del delito descansa sobre el respaldo de la silla y el tercer botón pende de un hilo, amenazando con caerse, asegurándose de dejar implícito el motivo y dándome el gusto de que yo lo recuerde.