miércoles, 4 de marzo de 2020

Ni cuerpo que lo aguante.

I'm still halfway to nowhere
I'm still nothing today.

- Chelou -

El suelo está frío y lleno del polvo rojizo típico de las terrazas de Sevilla, pero me tiro en él y dejo caer la cabeza muerta contra la pared. Un suspiro lastimero y hondo sale de mi boca sin haber pedido permiso previo, mientras me limito a cerrar los ojos. Las rodillas se me encogen solas hacia el pecho y las abrazo en busca de algo de amor propio. Al fondo suena en mi móvil alguna canción. De pronto noto como una lágrima me cae por sorpresa en el muslo. Sonrío triste dándole rienda suelta al llanto que me inunda. Hoy no voy a preguntarme el motivo, pues de sobra lo conozco. Simplemente lloro en silencio, me rindo, me dejo poco a poco, y termino con el pecho convulsionando mientras ya no me queda lugar seco en las mejillas. Quien quiera que contemple la escena puede creer que he sido víctima de la más dura de las desgracias, pero como explicación tan solo os podría dar que me ha inundado una sensación, me ha llenado y ahora necesito una pequeña tregua en soledad para soltarlo. Una pequeña tregua en soledad, en la que me abrazo yo misma y me clavo las uñas en las costillas para recordarme que sigo viva, que sigo en mí compañía. Que la mayor de las desgracias para esta triste criatura es la de sentir muy fuerte cada día.

Una vez cesa el lamento, abro los ojos y el mundo me regala una vista que percibo empañada. Las siluetas negras de los edificios, mezcladas con las de una plaga de antenas de televisión, se recortan en un cielo en proceso de oscurecerse en el que nadan nubes a desgana. La música ya no suena, no hay lista de reproducción que dure tanta pena. Así que se mezclan el silencio, las vistas y la melancolía que dejan estas rabietas, para dar como resultado un sentimiento muy raro de tristeza tranquila. Lugar en el que el corazón ya está cómodo porque le es conocido y donde no tiene que hacer esfuerzos por identificar, sino por conseguir definirlo. Me dejo llevar por el recuerdo y dejo la mirada perdida en el paisaje, bien digno de fotografía pero sin ganas de interrumpir lo bohemio. Los cables de la imagen me conectan sin quererlo con momentos muy dispares, en los que el ritmo de mi latir era exactamente el mismo. De pronto me teletransporto, solapándome con otros tiempos en los que me invadían los mismos pensamientos. Aparecen como imágenes fugaces, chispazos:

Conduzco de madrugada, de vuelta de la Tertulia, digamos que "para nada" borracha. La radio a toda voz con cualquier canción que no me interesa, porque solo me escucho gimotear. Tan solo tengo ganas de llegar y escribir que llevo los labios grises, pero que llevarlos pintados significa que no existes ya para besarlos.

Paseo sin rumbo por las calles de Granada una tarde de domingo soleada y perfecta para ser feliz. Se me escapa una lágrima esperando en un paso de cebra y maldigo no llevar pañuelos, ni ir con nadie que pueda prestármelos, ni querer pedírselos a nadie. Me seco con la manga y camino sin ganas hasta sentarme a leer en cualquier parque.

Me hundo en el asiento del avión mientras se enciende la luz que indica "abróchese el cinturón". Mando los últimos mensajes antes de que la conexión se corte y con un "te escribo cuando llegue" me deshago sin remedio. No quiero irme de Rumanía, no quiero volver a una realidad en la que el "nosotros" no está. Prefiero vivir en uno de estos vacíos legales e imaginar que la historia sigue igual.

Con los pies en la mesa, la ventana abierta y viendo cómo un cigarro, que nadie se va a fumar, se consume en un cenicero oxidado. En el piso vacío resuena la falta de algo que nunca llega y en el sofá resueno, sentada junto a mi tristeza. Todos en la feria menos yo, porque a veces no salen bien las cuentas del amor.

El suelo está frío y lleno del polvo rojizo típico de las terrazas de Sevilla, pero me tiro en él y dejo caer la cabeza muerta contra la pared. Un suspiro lastimero y hondo sale de mi boca sin haber pedido permiso previo, mientras me limito a cerrar los ojos. Pero ya es momento de abrirlos, volver a la realidad y entrar en casa. No queda nada del paisaje que me inspiraba, ya que el día se ha ido. 

Como bien dice El Niño de la Hipoteca: "basta ya, o tanto recordar acabará conmigo".