domingo, 30 de agosto de 2020

Quiero hablar contigo, pero es que solo existes en mi recuerdo.

Como en toda noche de domingo que se precie, ha de existir una sensación extraña colándose por alguna esquina desprotegida de nuestra cabeza. Seguramente sea algo teñido de tristeza, melancolía o apatía, algo de lo que no seremos capaces de deshacernos fácilmente. Y mucho menos si hablamos del último domingo de agosto, el que precede a principio de año, el que cierra la puerta del verano y despide a los romances locos en la playa y a las noches en vela de conversaciones eternas. Así no hoy no es una noche de domingo más entre todas esas en las que escribir a oscuras. Hoy es la noche mágica para tomar fuerza y desgarrarse entera.

Como en toda noche de domingo que se precie, se me ha instaurado en el pecho una sensación de soledad muy fuerte. Esa soledad que va a compañada de un silencio que te envuelve, pero que te deja escuchar todo el ruido de fondo: una burbuja delimitando perfectamente la distancia que hay entre tu mundo y el resto de gente. Yo estoy aquí dentro, y hoy toca que haya una inocente víctima de mis añoranzas. Pero como no hay una diana precisa, mi cerebro decide unir mil detalles que no concuerdan en una sola imagen. 

Y echo de menos su cara de niño bueno.

Y echo de menos los rizos pelirrojos con cerveza.

Y echo de menos la musculatura de todo su cuerpo.

Y echo de menos querer unir sus pecas.

Y echo de menos ser a la que recogen.

Y echo de menos tener que elegir comida vegetariana.

Y echo de menos que me hablase en francés.

Y echo de menos imaginar cuadros en la pared.

Y echo de menos acompañarte a la máquina del café.

Y echo de menos tantas cosas, de tanta gente, de tantas historias, que he pasado a añorar una mezcla de personas que no lleva a nada. Tan solo a pasar los domingos especiales rememorando momentos felices, y soñando con que pueden volver mañana.