Como en toda noche de domingo que se precie, ha de existir una sensación extraña colándose por alguna esquina desprotegida de nuestra cabeza. Seguramente sea algo teñido de tristeza, melancolía o apatía, algo de lo que no seremos capaces de deshacernos fácilmente. Y mucho menos si hablamos del último domingo de agosto, el que precede a principio de año, el que cierra la puerta del verano y despide a los romances locos en la playa y a las noches en vela de conversaciones eternas. Así no hoy no es una noche de domingo más entre todas esas en las que escribir a oscuras. Hoy es la noche mágica para tomar fuerza y desgarrarse entera.
Como en toda noche de domingo que se precie, se me ha instaurado en el pecho una sensación de soledad muy fuerte. Esa soledad que va a compañada de un silencio que te envuelve, pero que te deja escuchar todo el ruido de fondo: una burbuja delimitando perfectamente la distancia que hay entre tu mundo y el resto de gente. Yo estoy aquí dentro, y hoy toca que haya una inocente víctima de mis añoranzas. Pero como no hay una diana precisa, mi cerebro decide unir mil detalles que no concuerdan en una sola imagen.
Y echo de menos su cara de niño bueno.
Y echo de menos los rizos pelirrojos con cerveza.
Y echo de menos la musculatura de todo su cuerpo.
Y echo de menos querer unir sus pecas.
Y echo de menos ser a la que recogen.
Y echo de menos tener que elegir comida vegetariana.
Y echo de menos que me hablase en francés.
Y echo de menos imaginar cuadros en la pared.
Y echo de menos acompañarte a la máquina del café.
Y echo de menos tantas cosas, de tanta gente, de tantas historias, que he pasado a añorar una mezcla de personas que no lleva a nada. Tan solo a pasar los domingos especiales rememorando momentos felices, y soñando con que pueden volver mañana.