Un campo infinito. Hierba en cualquier horizonte al que dirijas tus ojos. Solo una llanura mullida, con el aire meciendo las briznas. El sol cae de pleno, sin proyectar sombra por tal perpendicularidad. El verde brilla y la tierra suda. El cielo se ve blanco con tanta luz, adivinando un limpio azul indemne. Las nubes hoy le tienen miedo al calor.
Una gota de sudor me resbala por la frente, corre por la nariz y se aposenta en uno de los laterales. Casi se junta con la mejilla y parece una lágrima. El pelo me cae despeinado, elegante, agresivo, con el flequillo al viento. Respiro con rabia, como si acabase de correr la maratón. Noto el pulso en la sien, el humo desprendiéndose en un intento de refrigeración. Los ojos los mantengo entornados captando cada detalle de mi contrincante. Mi vestido blanco ondea suave, como avisando de una tormenta camuflada de tregua. Siento el calor en mis pies descalzos, de vez en cuando correteados por hormigas... Mi cuerpo comienza a agacharse, como un tigre en guardia: una pierna más adelantada, el tronco ladeado, la boca crispada enseñando los dientes. Gruño instintivamente. Parezco un animal salvaje a punto de luchar por un trozo de carne.
A una distancia bastante prudente se encuentra mi adversario. Él no lo sabe, parece que no ve mis intenciones de atacarle. Está sentado con las piernas cruzadas. El cuerpo hacia atrás, apoyando los brazos para mantenerse. Me mira con cierta incredulidad, con tinte de inocencia. ¿Y su miedo? Tiene el pecho al descubierto, tan solo unos pantalones de lino rotos le cubren la piel. Su torso brilla impregnado de calor y me relamo... Deja caer la cabeza hacia atrás olvidándose de mí y acto seguido se tumba. Me noto salivar y el pecho vibra más fuerte, incontrolable.
Comienzo a correr, viendo como a segundos me convierto en leona en plena caza. Cuando estoy lo suficientemente cerca salto y caigo sobre él. Aprieto sus muñecas contra el suelo y mis rodillas bloquean su cadera. Me sigue mirando tranquilo. ¿Qué no entiende? Aproximo la cabeza cada vez más a la suya, dejando caer la gota de mi cara sobre su boca, que la recibe como un elixir.
Sigue la brisa meciendo el paisaje visto desde lejos. Dos extraños juegan como perros, revolcándose entre estruendos, gruñidos, ladridos y jadeos. Se escucha un aullido roto de triunfo y el verde se tiñe rojizo. La imagen se inunda de olor sangriento, espeluznante... Las mariposas huyeron a tiempo.