Estiro brazos y piernas como si fuese a partirme, doy un par de vueltas y braceo para no ahogarme en tanto gusto. Siento el frío tacto de la tela, refrescada por la brisa de playa que entra por la ventana. Hundo más aún mi cuerpo en el colchón, giro, gimo por el sueño. No quiero salir nunca de ese apacible sitio.
Mientras retozo de manera similar a la de un gato, solo que en el agua de mi imaginación, se acerca algo. Comienzo a verlo en una de las esquinas, muy pequeño y deslumbrante. Conforme se acerca al centro en el que me hallo sumergida, soy capaz de verlo. Un velero blanco con las velas extendidas y tirantes por el aire se dirige directo a mí. Hay alguien en la cubierta, al frente de la nave, mirándome.