Maldita sea, otra vez lo he logrado. Tras una charla inútil entre música demasiado alta como para entenderse me ha preguntado cómo me llamo. Le he respondido a voz en grito, muy cerca de su oído, para que me entienda. Me ha sonreído y me ha dicho su nombre, con lo que me he reído mientras él seguramente está pensando que soy muy risueña; me cago en la puta. Acto seguido acerca su boca a la mía, no me aparto y ya está hecho, una vez más tus letras en mi boca sin ser tú.
Maldita sea, ahí está. He levantado la cabeza mientras esperaba que apareciese el número cinco en la pantalla y ha aparecido: el nombre del último revisor del ascensor... ¿Te imaginas ya cuál es? Pues si, el tuyo, para variar... En un hotel a 1000 kilómetros.
Maldita sea, las ocurrencias de mi padre son horribles. No sé qué narices ha accionado esa tecla en su cerebro, pero sin venir a cuento me empieza a preguntar por mi vida, etc, etc... El punto final se da cuando hace referencia a ti y, joder, parece una estúpida broma. Creo que han notado claramente en mi cara que a mí no me ha hecho gracia.
Maldita sea, otra vez. ¿Cuántas veces he pensado en ti hoy? Intento no hacerlo, pero a mi cabeza le parece divertido torturarme, o tirarme posibles momentos que no van a ocurrir, al menos contigo.
Maldita sea, aquí estoy. ¿Por qué te escribo otra vez?