La masturbación es lo mejor que me ha pasado, el regalo más preciado que me ha otorgado la evolución. Otros podrían pensar que una respuesta más acertada sería la inteligencia, la conciencia, la memoria, la habilidad social... Pero pensemos, pensemos qué es lo que realmente nos guía. De entre todo nuestro sistema nervioso lo que de verdad es necesario para existir son aquellas zonas que se encargan de los instintos más bajos. ¿Tan importante es la imaginación? ¿Tan nobles nos hace la empatía? Al fin y al cabo son cosas que quedan de puertas para afuera si entendemos nuestro cuerpo como un castillo. Mi piel son los muros de una fortaleza infranqueable (salvo por un cuchillo afilado, que se abriría paso fácilmente...), unos muros que guardan las entrañas. El corazón late y, por mucho que digamos que es el máximo representante de los sentimientos, es un músculo que bombea sangre. El estómago, más allá de las temibles "mariposas", es un recipiente de ácidos en los que la rica comida del medio día pasa a ser una papilla asquerosa. Y el cerebro... Tan altivo y distinguido órgano... Un amasijo tremendamente blando y frágil que funciona a calambrazos.
La masturbación es mi meditación real. Dejando de lado todo el poder mental, el dejar la cabeza en blanco, relajarse, respirar, hacer mil cosas para llegar a estar en paz... Yo dejo que mi mano se deslice pantalón abajo en los momentos de soledad y me quiero hasta que estallo en plenitud. Son unos segundos en los que no existe nada más que los escalofríos, que las ganas de gemir fuerte sin miedo.
Masturbarse es existir de lleno, sin ropas, sin metáforas.