sábado, 15 de abril de 2017

Hoy escribo flojito.

Son unos brazos cualquiera los que me abrazan esta noche, pero reconfortan más que dañan. Me sostienen a través de la espalda, me cruzan el pecho y en mi mano acaban, terminando el contacto. Acarician mis dedos y con ellos juegan, también mi pelo enredan y desenredan en un acto que solo deja calma. A veces, no sé el motivo, me estrechan más fuerte y unen la cabeza a la mía. Parece que dicen "eh, no estás sola, te tenemos cogida". Noto su corazón contra mi sien y cuento los latidos a modo de meditación; si centro la cabeza quizá me quede dormida. Pero eso no ocurre... Me mantengo en una especie de trance que me descansa pero no me llega a atar. A veces se mueven, para reajustar la postura. Si pregunto se ríen y responden que no pasa nada. Cambiando el ángulo no cambia que me abracen, de hecho cada vez estamos más encajados y no tengo queja. Yo, que soy de contacto físico difícil, me deshago en los roces de quien me lo consigue arrebatar. Busco el mínimo toque, la mínima excusa para que mi cuerpo impacte con el otro de manera dulce o guerrera.

Se acaba la noche, se acerca la mañana, el abrazo pronto acabará, me da angustia. El reloj ha ido avanzando con su pulso, pero intentando contar sístoles he olvidado la noción de los segundos reales. Se incorpora un poco y acaba el momento con una voz dulce: toca dormir.