sábado, 2 de septiembre de 2017
Hay veces que escribo a deshora.
Hace meses que no escribo nada decente aquí; no, no quiero mentir.... Realmente hace meses en los que no escribo nada aquí, ni decente ni sin adecentar. ¿Por qué? Porque la inspiración ha apretado en otra parte, porque lo escrito no me ha parecido digno de presentarlo a la pantalla o porque ha tomado rumbo en una carta hacia otra persona (una vez que las palabras vuelan a alguien se vuelven privadas, sería de mal gusto compartirlas sin pedir permiso y pedir permiso crea la propia barrera). En fin, que me encuentro a las 2:21 de la madrugada en mi cuarto, en camiseta y bragas. Es una simple y típica escena de verano en la que la chica se sienta en el escritorio, entre sexy y despreocupada, a tener a solas un rato vanguardista. Me sumerjo en el momento con la ayuda de un martini con coca-cola, ¿a que es bohemio? Ahora mismo no quiero beberme esa mierda de gintonic pijo que pido siempre. Porque no, porque esta noche soy más yo que nunca. Porque esta noche he reencontrado a la Raquel que le escribe a la propia oscuridad con la sonrisa en la cara y la mano en la entrepierna. Esta noche me puedo permitir el gusto de ser algo bestia; quizá por el alcohol, quizá por la felicidad que me da retomar la tranquilidad o simplemente por el hecho de que me da la gana. Es una costumbre muy buena que tenía: comenzar a escribir como el que anda por un sendero sin saber a donde va y encuentra algo. En mi caso esto termina siendo un amasijo de letras con nada que decir pero con mucho que transmitir. Si eres capaz de pararte a leer y dejarte calar por mis palabras puedes verme en escena y sentir el frenesí melancólico que te conceden las estrellas y el calor. No, ya no hace calor. Seguramente sea el principio de septiembre, que se acerca el otoño, que estoy lo suficientemente gilipollas como para hacer la rima fácil de que estoy hasta el coño. No quiero parar. No quiero que mis manos paren. Si paro no sé cuando volverán a retomar el ritmo. Me da miedo dejarlo y tardar otra eternidad. No, no me da miedo porque sigo escribiendo. Qué feo está quedando esto. Qué natural, qué auténtico, qué decadente, qué divertido. ¿Puedes verme a través de tu imaginación riéndome de lo que escribo?