Directa al pecho, esta vez sin ninguna duda ni compasión. ¿Habéis oído el crujido? Ya no siento nada, pero creo que la puñalada me ha roto el esternón. Y el corazón. Ah, no, esperad, que de eso ya no hay, o nunca hubo...
Sangre, veo sangre recorriendo mi barriga y cayendo al suelo. Pinta un bonito charco color granate, muy muy brillante, en el que se refleja mi rostro apático. No duele, pero la ansiedad al verme desangrada me está ahogando. No duele, pero no puedo respirar. ¿Me moriré esta vez? Se me escapa un suspiro ronco cuando lo pienso; la garganta se me empieza a cerrar completamente y ya no soy capaz de articular palabra. Voy a intentar sonreír, aunque sea de lado, para alegrar un poquito la escena tan tétrica que he montado.
Eh, habéis leído la última frase. ¿Os dais cuenta? "He montado".
Vuelvo a mirar hacia abajo y detrás de la visión de la sangre manchándolo todo veo el causante de la herida: mi mano sujeta un puñal. Es precioso: hoja blanca afilada, empuñadura de acero con lineas doradas. Mis uñas lucen perfectamente pintadas de blanco con unas salpicaduras rojas. Qué jodidamente bonita puede ser la muerte. No una muerte cualquiera, sino aquella en la que sin darme cuenta me he matado a mí misma de un golpe.
Directo al pecho, como siempre.