Con las gafas algo caídas, curiosamente igual que las mías, mira ella al infinito con cara seria. ¿Qué piensa? Solo su cigarro lo sabe, pues de la forma en que lo coge (tan graciosa y delicada) han de tener una conexión privada. Odio el tabaco, pero me gusta como fuma, como el humo roza sus labios al salir entre alguna palabra tras la calada. Suerte tiene esa nicotina de entrar en sus pulmones y verla desde dentro; la está matando, pero a mi me mata ella si me sostiene la mirada. Destroza toda mi entereza y me presenta la poca vergüenza que me queda. ¿Qué piensa? Sigo sin saberlo aunque quiera. Quizá por eso ahora le escribo, porque pretendo llevar a cabo la primera incursión, a su mente un acercamiento. Ser la diana de su conversación y estar al nivel de sus expectativas: bonita, no sé qué tengo, pero ojalá sigas pensando que cuento con esa magia al final del intento. Magia. Tú, arte, porque al mirarte se me ocurre un cuadro en blanco y negro en el que se ven tus manos acariciándote las mejillas a medias de una sonrisa. Tu risa, ilumina, pero te aseguro que de noche cualquier constelación que se atreva a mostrarse se sentirá celosa de las figuras que forman tus pecas. Puntos salpicados, otra vez arte, la forma en la que están colocados. Mil veces arte, la cascada negra que forma tu pelo, noche sin luna ni estrellas en la que perderse y no volver. Noche a la que aullarle si se abren tus ojos de luna llena.
¿Qué piensa? Sigo sin saberlo y aún así, escribo y escribo... ¿En qué momento ocurrió esto? ¿Cuándo de verdad nos vimos? No importa, porque aun sigo sin saber lo que piensa y la curiosidad me apresa mientras su cara sigue seria. Da igual, qué más dará. A un cuadro nadie le pregunta si puede pensar.