No sabría explicar muy bien qué es lo que me gustaba del gris de aquel cielo, pero me gustaba y joder, cómo me gustaba, porque aunque tuviese ese color de lunes triste de mierda, brillaba. Y allí me encontraba yo, tirada en mitad de la calle mirando el cielo. No pude evitarlo, necesitaba cortar todo lo que estaba sucediendo y mirarlo así que tiré la mochila a un lado, me bajé la capucha y simplemente me tumbé. El resto de transeúntes me miraban, me esquivaban, pero ninguno se paró a preguntarme qué pasaba. Porque lo sabían: me gustaba tanto el cielo que tuve que dejar el mundo para verlo.
Levanté los brazos para estar más cerca de él y con color claro de mis dedos se confundieron con una nube algo más blanca que el resto. Giré la mano y sucedió, pude moverlo, moldearlo... Estaba dibujando en el cielo, así que pinté torbellinos, líneas, flores sin florero y lunas rodeadas de estrellas. Punté hasta que aquella tinta gris y suave comenzó a gastarse. Con lo que me estaba gustando el juego... Cogí la última gota y lo arranqué, esa iba a ser para mí.
A día de hoy sigo llevando en el bolsillo aquel trozo de tinta imaginaria, pues nunca se sabe cuando tendrás la oportunidad de nuevo de enamorarte de un cielo gris. No sé que tenía, pero a mí me pareció más brillante que cualquier sol de primavera en abril.