Esta noche
va a ser noche de triunfo, lo presiento, lo huelo, voy decidida.
Entro en la
discoteca y las veo. Entre las luces, el humo y la música, las veo. A todas
ellas. Bailan, gritan, saltan, me miran y sonríen. Llevan horas de maquillaje,
colores brillantes y gloss para hacer los labios aún más grandes. Por el poco
espacio de la sala se chocan conmigo, me rozan, me derraman la copa, me piden
disculpas. ¿Me provocan? Con esos vestidos ajustados, los escotes bien bajos,
las faldas cortas y los taconazos. Litros de perfume que turban mi cabeza,
bailes poco decentes hasta para la época. Tanta belleza debería estar prohibida
por la seguridad de estas chicas. Pero, ¿saben? Yo desvío la mirada y sigo a lo
mío, que para eso he salido con mis amigos.
Señores, les
enseñaré una palabra: autocontrol.
En un
momento de la noche voy al baño y me encuentro sola con otra persona. Una
muchacha apoyada contra el lavabo, claramente borracha, con la cabeza gacha y
el vestido descolocado. Me acero: hora guapa, ¿te pasa algo? Y la chica solo
acierta a quitarse el pelo de la boca y gemir un “me he pasado con las copas”.
Miro alrededor: nadie. La miro a ella, a la que se le ve claramente el sujetador
de encaje. Mi oportunidad, ella no puede ni defenderse. Se me hace la boca
agua, le pongo sin delicadeza alguna la mano en la cintura... Y la ayudo a lavarse
la cara, recomponerse y buscar a sus amigas. ¿Qué creíais? Si yo al baño solo
quería ir a mear, retocarme el pintalabios y nada más.
Señores, les
recordaré una palabra: autocontrol.
Al final de
la noche, volviendo feliz y borracha a casa con mis amigos, pasamos por una
calle oscura y estrecha. De frente, dos tipas. Cogidas de la mano, contoneando
las caderas, exhibiendo bien que vuelven juntas de fiesta. En mi grupo somos 5.
Ellas, tan solo 2. Nos vamos acercando y la pareja cruza de acera, agacha la
cabeza, bajan el tono de la charla y se cierran la chaqueta. Venga bonita, ¿por
qué no me dejas que te vea? Una es rubia y otra morena, para todos los gustos,
aunque siendo sinceros, en esta calle a oscuras da igual. Nunca hace falta
excusa. Sigo caminando con mi grupo, ellas pasan de largo aliviadas, ¿qué
esperaban? Yo solo quiero volver a casa, quitarme esta maldita ropa ajustada y
morir de resaca en la cama.
Señores, les
repetiré una palabra: autocontrol.
Que a mí
también me gustan las mujeres, me encantan. Se me cae la baba cuando bailan y
me derrito en sus faldas. Pero me gustan libres y fuertes, a la distancia que
ellas quieran y no a la que dicte mi entrepierna. Me gustan las mujeres y como
me gustan, las respeto. No por ser de su mismo género, sino por ser personas.
Que os quede claro: a una persona sin su consentimiento no se le toca.