A día de hoy
tengo la teoría de que los lunares son señales sin instrucciones, pero que
deberían acompañarse con un “inserte aquí sus labios y si no vienen con beso,
lárguese”.
Yo, formal,
más que obediente ante los carteles de dirección, llevo rato observando tu
cuello y me ha surgido una duda entre tanta atención que ha llevado a un
problema cada vez más intenso: es la hora de la merienda y no sé diferenciar
esos puntos que tu dulce piel marcan de posibles manchas de chocolate
olvidadas.
Creo que he
enloquecido, cualquier persona sensata sabría qué es lo cierto, pero lo siento
porque ahora mi persona, de cabeza muy científica, necesita investigar
Necesito
pasar los dedos por ellos: todos sabemos, que el calor que produce nuestro
fuero interno es suficiente para derretir tan rico descubrimiento. Si lo
prefieres busco excusa y me invento que tan solo quiero hacerte cosquillas por
el cuello. Pero miento, mi misión es firme. Compruebo la textura en múltiples
intentos y tras mucho frotar con disimulo empiezo a creer que lo único que se
derrite aquí, cariño, es tu deseo.
Pero por
favor, no me puedo distraer: sigo sin saber si son lunares, o chocolate. Así que
habrá que hacer alguna otra prueba.
Todos
sabemos que el calor que produce nuestro fuero interno es suficiente para
derretir tan rico descubrimiento. Pero para mejorar la investigación, ahora
añadiremos dientes y saliva ardiendo. Si lo prefieres busco excusa y me invento
que tan solo quiero bajarme de tu boca a explorar nuevos lugares donde dar un
beso. Pero miento, mi misión es firme. Compruebo el sabor en múltiples intentos
y tras mucho saborear los lunares, víctimas de mi delirio, empiezo a creer que lo
único que se derrite aquí, cariño, es tu paciencia en este juego.
Así que
paremos, terminemos la merienda y ya después nos comemos.