Podría asemejar mi vida actual a que se quede el café frío. Se me había olvidado la taza por cualquier motivo y el líquido ha cedido toda su energía térmica al ambiente. Pero aún así el aire sigue estando helado y para cuando voy a beber ya no noto los dedos. Aún así bebo, adicta a la cafeína. Bebo sin que me apetezca. Bebo aguantando la sensación triste del café destemplado. La odio: sabe a derrota.
Y así vivo yo ahora. Algo se ha apagado, alguien me ha olvidado y he quedado relegada a un segundo plano en el que he perdido fuerza. Ahora al beberme desagrado, siendo los restos de estimulante que se toman por compromiso o por el miedo que le tenemos al desperdicio. Soy la taza a medio tomar que te encuentras en la mesa del bar, con una marca de pintalabios que te genera rechazo. El resto de pintura que evoca a una persona extraña. Esperas a que la retiren para poder pedir lo que realmente quieres.
- ¿Qué va a tomar?
- Por favor, un café muy caliente.