Corta el viento mi cara, despejando cualquier duda de que el frío no solo viene de fuera. Me congela las manos, pero la sangre helada ya fluía desde el pecho. Congela este corazón latiente, que late y con cara latido rompe una esquina cristalizada. Astillas rojas de sangre solidificada. Socorro, me congelo. Cuesta abrir paso por mis venas, que han dejado de recordar que sirven de carretera y se convierten en atasco. Socorro, me paro.
Sigo andando hacia no sé donde, intentando protegerme con una capucha que no abriga, solo adorna. Dejo de sentir la nariz y al respirar noto... Noto algo que entra hacia el pecho expandiendo la sensación. Ya había un bosque invernal en mis alveolos, ahora solo cae la nevada que paraliza más aún el paisaje. Mis pulmones son una postal del norte con sabor a lejano, algo que en la palma de la mano se derrite perdiendo forma. Me deshago si me tocan.
No llego a mi destino, pero los pies siguen andando, dolor a cada paso. Hace rato que dejé de saber cuántos dedos hay en cada zapato pues ya únicamente cuento astillas al apoyarlos. Se entumecen los tobillos, las piernas completas, sube poco a poco el no poder gobernar mis propios músculos. ¿Qué haré cuando no pueda moverme? Me temo que me espera convertirme en un muñeco de nieve. Al menos espero que cuando vengan unos niños a decorarme se diviertan. Al menos espero que cuando vengan unos niños a decorarme me decoren sonriendo, con la boca bien abierta.