Perdón por olvidarte, pero me sirve.
Normalmente, acudía al recuerdo de un libro en el que la protagonista jugaba a un juego: contar cuánto tiempo era capaz de pasar sin pensar en él. Yo también jugaba, pero ya ves, de lo que servía. Jugaba a olvidarte bajo el pretexto de tener que acordarme, y al final, siempre te recordaba. Jugué demasiado, jugué hasta grabarte a fuego en mis fondos.
Un juego de dos, pero sin un jugador.
Ahora he cambiado el formato de la historia y es un proyecto en solitario. Se me da mucho mejor, y a veces, hasta sale solo. He conseguido pasar de recordar olvidarte, a olvidarme de recordarte. Y ahora, aunque me acuerde, me termino olvidando.
No he ganado aún, pero me he encaminado.