Otro año más, como cada año, el otoño con su frío precede al verano. A mí, se me había olvidado.
Me hago la sorprendida cuando los hombros al descubierto se me quedan fríos y, con la esperanza del que piensa que todo pasa rápido, me refugio en la ropa de abrigo. Pero me prometo que tan solo será un rato, porque ayer el sol me quemaba la piel, podría ir en casa sin zapatos, llevaba al aire los dedos de los pies.
Al final, otro año más, pierdo la batalla contra el clima. Las elecciones de vestuario se me complican hasta asumir que siempre llega: no se puede salir a la calle sin chaqueta.
Desgraciadamente, con el golpe final del cambio de hora, el aumento de tardes a oscuras y el ataque directo a mi espíritu de andaluza, caigo en tremendismo. Mi propio y personal tremendismo frío. Y ahí es donde todo lo que escribo se ve inundado de hiperboles que me condenan.
Puede que este invierno muera de la pena.
Quizá la sangre se me congele en las venas.
Es probable que durante una tarde de llúvia se me agote el ánimo, y nunca vuelva.
Probablemente olvide el tacto de las pieles ajenas.
Seguramente las ideas se me marchiten y no vuelva a abrir la libreta.
Otro año más, como cada año, el otoño con su frío precede al verano. Y a mí, otra vez, se me había olvidado.